Jun 12

Miércoles, 19 de noviembre

No hacía falta asomarme para saber que esa noche había helado. Por motivos ambientales me daba una pereza terrible salir del saco y vestirme. Ya estaban entrando los primeros rayos de sol por el estrecho valle cuando salí de mi tienda. Las copas de los cedros, brillaban humeantes con el sol de la mañana. Una fina hoja de hielo cubre el estanque lleno de peces a unos metros de mi tienda, estaba congelado. También las mesas y los bancos estaban blancos y el barro empapado con la lluvia del día anterior, duro como una roca. A las nueve de la mañana vuelve a sonar la música country. Aquel lugar era muy peculiar el edificio al borde del arroyo estaba decorado con multitud de objetos salidos de una película del oeste. Había bancos hechos con troncos banderas fotos de indios americanos, diligencias en miniatura, vaqueros sin cara para hacerte una foto, una calavera de vaca clavada sobre un madero miles de detalles que hacen un poco más especial este lugar. Seguir leyendo »

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Jun 10

Lunes 17 de Noviembre

Comienzo el ritual del día con la rutina habitual. Desmonto el tenderete, cargo la bicicleta, y me despido de los empleados del camping.

Estoy más sólo que la una en un carril bici muy bien asfaltado, limpio y aunque  el paisaje es un poco diferente de la otra orilla, y hay veces que me parece estar viendo un manglar, ya empiezo a estar un poco cansado del Lago. El camino no discurre del todo paralelo al lago y practicamente no hay desnivel. Lo único interesante de la zona son los molinos de viento estilo holandés y paro de contar porque llego al final del carril bici. Seguir leyendo »

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Jun 08

Sábado 15 de Noviembre

Son menos de las 8 de la mañana, cuando 30 metros de Buda me dan el alto. Me mira por encima del hombro desde un pedestal de granito como una casa de alto. Bajo los pies de la estatua, una pequeña capilla llena de velas, arroja lucecillas amarillentas a lo que parece un pasadizo secreto hacia una cámara del tesoro. Frente a mi metálico amigo, un templo vacío, no son horas de rezar.

Rodeando el lugar, un hermoso jardín poblado de arces, pinos y lo que puede que sean hermosas flores en primavera. Por supuesto tampoco falta un estanque, con sus plantas acuaticas de serie. Es muy temprano, y no hay nadie a quien preguntar sobre el lugar que seguro es importante a juzgar por el tamaño de la imagen y tengo que regresar a españa para enterarme de que se trata del gran buda del lago biwa “琵琶湖大仏”. Seguir leyendo »

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May 09

Lunes, 10 de Noviembre 2008

Aquella noche fue mi primera vez… en una habitación con el suelo de tatami. Dormí con tapones en los oídos: esperaba que fuese una ciudad muy ruidosa, o por lo menos lo suficiente como para no dejarme dormir, pero no recuerdo ningún ruido molesto. Sólo me acuerdo de que cada vez que me giraba, la cabeza se me caía de la diminuta almohada rellena de bolitas, convirtiendo mi nariz en pasto de los aromas del tatami; una mezcla de olor a caña y madera húmeda, como de savia de roble.

Cuando desperté ya se había ido uno de los viajeros, el único japonés. Me di cuenta de que no podría irme hasta que abriesen las puertas.

Atardecer en la cordillera de Suzuka

Aún era bastante temprano cuando salí del albergue y di las primeras pedaladas del viaje. Tenía una extraña sensación en el estómago que esperaba fuesen nervios o ansiedad y no una gastroenteritis en ciernes. Pronto dejé de preocuparme por mis mariposas estomacales, pues no tardé ni cinco kilómetros en perderme. Ante mí, elevada a unos diez metros del suelo sobre enormes pilares, se extendía una descomunal autopista. Decidí hacer una pequeña parada para inspeccionar el terreno.  Divisé un par de aparcamientos, algunos depósitos de la grúa y varios viejecitos niponamente entrañables que jugaban a la petanca  sobre del césped de un gran jardín bajo la autopista. “¡Bah! – me dije – Si ahí abajo no debe de haber sitio más que para cinco canchas de tenis, ¡esto va a ser pan comido!”.

No podía estar más equivocado, aunque ése no era el mayor de mis problemas. No sabía donde estaba exactamente, pero después de un rápido vistazo a mi mapa me di cuenta de que si continuaba hacia el oeste, tarde o temprano tendría que toparme con un río grande. Miré a mi alrededor, tratando de orientarme. En las calles de Nagoya, kilómetros y kilómetros de casas de las más variadas formas, materiales y colores se amontonaban desordenadamente, enredadas entre nubes de cables. Así que no perdí el tiempo tratando de averiguar dónde me había equivocado y proseguí mi marcha, para descubrir que una de las dos pinzas que mantienen las alforjas enganchadas al portabultos había decidido suicidarse. No me quedó más remedio que sujertarla (valientemente) con el talón hasta que encontré un lugar propicio para sacar a relucir mis dotes de mecánico, junto a la tapia de una casa. Después de solucionar el problema con dos pulpos (muy amables) descubro ¡oh, fortuna! que tengo un pedal flojo. Un pedal flojo es como un testículo vago. Iba en contra de mi virilidad, así que me detuve de nuevo para arreglarlo. Al fin, ya a las fueras de la ciudad, me compré mi primer obento en un supermercado Conbini, porque un niño sin mirienda no se puede tolerar. Seguir leyendo »

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