Jan 11

Lunes, 11 de Enero del 2009.

 

Estaba terminando de vestirme cuando por megafonía mi estómago oye la llamada del desayuno. Me siento en la mesa junto con los otros cuatro huéspedes que tiene hoy el albergue a disfrutar de un copioso desayuno. Mi mente aun no está completamente despierta aunque en mi interior ya se empieza a acumular una considerable cantidad de manjares mañaneros. El dueño del albergue trae una última bandeja mientras todos hablamos alegremente al calor de la chimenea.

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Jun 23

Viernes 21 de Noviembre.

Tokio Skyline

Yagi-san y yo salimos hacia su camioneta temprano, él estaba hablador esta mañana y nada mas salir de casa, al ver un enorme canal de hormigón, empieza a contarme historias de cómo eran las cosas antes de la crisis. Seguir leyendo »

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Jun 10

Lunes 17 de Noviembre

Comienzo el ritual del día con la rutina habitual. Desmonto el tenderete, cargo la bicicleta, y me despido de los empleados del camping.

Estoy más sólo que la una en un carril bici muy bien asfaltado, limpio y aunque  el paisaje es un poco diferente de la otra orilla, y hay veces que me parece estar viendo un manglar, ya empiezo a estar un poco cansado del Lago. El camino no discurre del todo paralelo al lago y practicamente no hay desnivel. Lo único interesante de la zona son los molinos de viento estilo holandés y paro de contar porque llego al final del carril bici. Seguir leyendo »

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Jun 08

Sábado 15 de Noviembre

Son menos de las 8 de la mañana, cuando 30 metros de Buda me dan el alto. Me mira por encima del hombro desde un pedestal de granito como una casa de alto. Bajo los pies de la estatua, una pequeña capilla llena de velas, arroja lucecillas amarillentas a lo que parece un pasadizo secreto hacia una cámara del tesoro. Frente a mi metálico amigo, un templo vacío, no son horas de rezar.

Rodeando el lugar, un hermoso jardín poblado de arces, pinos y lo que puede que sean hermosas flores en primavera. Por supuesto tampoco falta un estanque, con sus plantas acuaticas de serie. Es muy temprano, y no hay nadie a quien preguntar sobre el lugar que seguro es importante a juzgar por el tamaño de la imagen y tengo que regresar a españa para enterarme de que se trata del gran buda del lago biwa “琵琶湖大仏”. Seguir leyendo »

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May 20

13 de Noviembre.

Mi tienda, a pocos metros de la orilla es un gran escondite para observar los patos. Lástima que los animalitos no opinen lo mismo. Paciente, espero por los primeros rayos de sol. Observo los patos a través del objetivo de mi cámara y poco a poco el sol se eleva y poco a poco los patos se alejan.

Me apresuro para tratar las heridas de mi montura, mientras el sol ilumina la superficie del lago. Ya era hora punta en el agua. Decenas de barcos iban y venían. De la otra orilla, de las islas o de las bateas. Atravieso en silencio los campos de arroz mientras una garza en una acequia pesca un pececillo. Alza el vuelo y se cruza por delante de mi arrogante, restregándome su captura.

Haiku

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May 12

Martes 11 de Noviembre

Despierto en mitad de la noche. Abro una rendija en la puerta de la tienda y contemplo las estrellas.  No soy consciente de la temperatura, mietras apreto los cordones del saco de dormir.  Cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir ya me rodea la luz verdosa que filtra mi tienda. El sol baña la cima de la montaña. La escarcha se sublima formando una neblina pálida. Me visto y recojo mis cosas. mientras el bosque se llena de luz y las sombras del valle retroceden.

Al salir a la carretera no era consciente de donde me estaba metiendo, de hecho la señora del camping, ya me había intentado explicar por donde ir hacia el lago Biwako. Pero no entendí casi nada de lo que me decía así que seguí a mi mapa. Pronto me doy cuenta de que por aquella carretera sólo están pasando camiones, y  al llegar a unas obras me parece de lo más natural. Un buen trozo mas arriba los obreros construllen, un túnel por debajo de las montañas para cruzar a la provincia de Shiga. Más adelante una barrera bajada me impide el paso, ¿y ahora que hago? pienso. Seguir leyendo »

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May 09

Lunes, 10 de Noviembre 2008

Aquella noche fue mi primera vez… en una habitación con el suelo de tatami. Dormí con tapones en los oídos: esperaba que fuese una ciudad muy ruidosa, o por lo menos lo suficiente como para no dejarme dormir, pero no recuerdo ningún ruido molesto. Sólo me acuerdo de que cada vez que me giraba, la cabeza se me caía de la diminuta almohada rellena de bolitas, convirtiendo mi nariz en pasto de los aromas del tatami; una mezcla de olor a caña y madera húmeda, como de savia de roble.

Cuando desperté ya se había ido uno de los viajeros, el único japonés. Me di cuenta de que no podría irme hasta que abriesen las puertas.

Atardecer en la cordillera de Suzuka

Aún era bastante temprano cuando salí del albergue y di las primeras pedaladas del viaje. Tenía una extraña sensación en el estómago que esperaba fuesen nervios o ansiedad y no una gastroenteritis en ciernes. Pronto dejé de preocuparme por mis mariposas estomacales, pues no tardé ni cinco kilómetros en perderme. Ante mí, elevada a unos diez metros del suelo sobre enormes pilares, se extendía una descomunal autopista. Decidí hacer una pequeña parada para inspeccionar el terreno.  Divisé un par de aparcamientos, algunos depósitos de la grúa y varios viejecitos niponamente entrañables que jugaban a la petanca  sobre del césped de un gran jardín bajo la autopista. “¡Bah! – me dije – Si ahí abajo no debe de haber sitio más que para cinco canchas de tenis, ¡esto va a ser pan comido!”.

No podía estar más equivocado, aunque ése no era el mayor de mis problemas. No sabía donde estaba exactamente, pero después de un rápido vistazo a mi mapa me di cuenta de que si continuaba hacia el oeste, tarde o temprano tendría que toparme con un río grande. Miré a mi alrededor, tratando de orientarme. En las calles de Nagoya, kilómetros y kilómetros de casas de las más variadas formas, materiales y colores se amontonaban desordenadamente, enredadas entre nubes de cables. Así que no perdí el tiempo tratando de averiguar dónde me había equivocado y proseguí mi marcha, para descubrir que una de las dos pinzas que mantienen las alforjas enganchadas al portabultos había decidido suicidarse. No me quedó más remedio que sujertarla (valientemente) con el talón hasta que encontré un lugar propicio para sacar a relucir mis dotes de mecánico, junto a la tapia de una casa. Después de solucionar el problema con dos pulpos (muy amables) descubro ¡oh, fortuna! que tengo un pedal flojo. Un pedal flojo es como un testículo vago. Iba en contra de mi virilidad, así que me detuve de nuevo para arreglarlo. Al fin, ya a las fueras de la ciudad, me compré mi primer obento en un supermercado Conbini, porque un niño sin mirienda no se puede tolerar. Seguir leyendo »

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