Lunes, 10 de Noviembre 2008
Aquella noche fue mi primera vez… en una habitación con el suelo de tatami. Dormí con tapones en los oídos: esperaba que fuese una ciudad muy ruidosa, o por lo menos lo suficiente como para no dejarme dormir, pero no recuerdo ningún ruido molesto. Sólo me acuerdo de que cada vez que me giraba, la cabeza se me caía de la diminuta almohada rellena de bolitas, convirtiendo mi nariz en pasto de los aromas del tatami; una mezcla de olor a caña y madera húmeda, como de savia de roble.
Cuando desperté ya se había ido uno de los viajeros, el único japonés. Me di cuenta de que no podría irme hasta que abriesen las puertas.

Aún era bastante temprano cuando salí del albergue y di las primeras pedaladas del viaje. Tenía una extraña sensación en el estómago que esperaba fuesen nervios o ansiedad y no una gastroenteritis en ciernes. Pronto dejé de preocuparme por mis mariposas estomacales, pues no tardé ni cinco kilómetros en perderme. Ante mí, elevada a unos diez metros del suelo sobre enormes pilares, se extendía una descomunal autopista. Decidí hacer una pequeña parada para inspeccionar el terreno. Divisé un par de aparcamientos, algunos depósitos de la grúa y varios viejecitos niponamente entrañables que jugaban a la petanca sobre del césped de un gran jardín bajo la autopista. “¡Bah! – me dije – Si ahí abajo no debe de haber sitio más que para cinco canchas de tenis, ¡esto va a ser pan comido!”.
No podía estar más equivocado, aunque ése no era el mayor de mis problemas. No sabía donde estaba exactamente, pero después de un rápido vistazo a mi mapa me di cuenta de que si continuaba hacia el oeste, tarde o temprano tendría que toparme con un río grande. Miré a mi alrededor, tratando de orientarme. En las calles de Nagoya, kilómetros y kilómetros de casas de las más variadas formas, materiales y colores se amontonaban desordenadamente, enredadas entre nubes de cables. Así que no perdí el tiempo tratando de averiguar dónde me había equivocado y proseguí mi marcha, para descubrir que una de las dos pinzas que mantienen las alforjas enganchadas al portabultos había decidido suicidarse. No me quedó más remedio que sujertarla (valientemente) con el talón hasta que encontré un lugar propicio para sacar a relucir mis dotes de mecánico, junto a la tapia de una casa. Después de solucionar el problema con dos pulpos (muy amables) descubro ¡oh, fortuna! que tengo un pedal flojo. Un pedal flojo es como un testículo vago. Iba en contra de mi virilidad, así que me detuve de nuevo para arreglarlo. Al fin, ya a las fueras de la ciudad, me compré mi primer obento en un supermercado Conbini, porque un niño sin mirienda no se puede tolerar. Seguir leyendo »