Todo comienza en Oviedo la madrugada del 8 de Noviembre. lo que acontece entre Oviedo y Nagoya se resume en autobuses, puertas de embarque, y mi fiera batalla contra los 35 + 5 Kg de equipaje de mano que pesan mis bártulos.
Dos días antes me compro unas ruedas de transporte y sólo unas horas antes de que salga mi autobús hacia Barajas meto mis cosas en una bolsa de transporte de bicicleta. Por un lado las ruedas. Por otro la ropa en bolsas de plastico, las alforjas el porta bultos modificado para que se adapte a mi MBK, y muchas mas cosas que luego resultarían totalmente inutiles. Aunque yo eso aun no lo se. Pacientemente mi hermana y yo esperamos en el aden de la estación autobuses de Oviedo, me hace unas fotos para documentar el momento y disfruto de su ayuda al cargar la bici en el maletero del autocar. No ponen ninguna traba a los viajeros acompañados de sus bicis siempre y cuando esté dentro de una bolsa de transporte supongo.
Encuentro mi plaza y me topo con mi primer compañero de viaje, Shanon. Una asturiana de padre estadounidense que va a Estados Unidos a visitar a sus amigos de la infancia. Hablamos y gracias a ella las interminables 5 horas a Madrid me resultan menos pelmazo.
El autobús para en las dos terminales de barajas en la antigua T1 T2 T3 y en la nueva T4 que es donde están los mostradores de Finnair. Yo, ignorante, no se en que terminal estan los mostradores de facturación de Finnair aunque esté escrito en mi billete elctrónico (lo descubriré casi 3 meses después) y Shanon tampoco sabe donde están los de American así que me ofrezco a acompañarla hasta el punto de información. Por alguna razón yo pensaba que los vuelos internacionales salían de las terminales antiguas así que nos bajamos en la primera parada de las dos que hace el autobus en el aeropuerto y al preguntar en el mostrador de información me dan la mala noticia. Tengo que ir hasta la T4. Menos mal que no arrastré en mi error a la pobre Shanon.
Ya en solitario, yo y mis bártulos rodantes fuimos a parar al autobús verde de transito entre terminales y en unos minutos estoy en la T4. Lugar en que acechan “los encintadores de equipajes”. Me persiguen vehementemente ofreciéndome protección, seguros, todo tipo de ventajas si encintaba mi extravagante y abultado equipaje y son tan agresivos e insistentes que consiguen no sólo que no quisiese encintar mis cosas, si no que me espantan de cualquier lugar cercano a las puertas. Horas mas tarde me arrepentiría.
Facturo mi equipaje por la cinta grande, despues de hacer cola. Me voy al control de seguridad. Pregunto a una guardia jurado si puedo “no” pasar los carretes de fotos por el arco de rayos X, y ella como no sabía muy amable llama a un guardia civil que me dice que no hay ningún problema siempre y cuando los saque de la caja. Espero a la cola envuelto en ese remolino de cinturones, llaveros, pitidos, bandejas entrando y saliendo y prisas por pasar aquel trámite lo antes posible. Cuando a la hora de la verdad el guardia jurado tras la pantalla del escáner iluminado por rayos catódicos me insiste en que los pase que no habría ningún problema y yo, por no montar una escena no hacer volver al guardia civil, y no encabronar a la gente esperando tras de mi, los dejo deslizarse por la zinta transportadora con un nudo en el estómago.
Recuperada ya la compostura de mi equipaje de mano desenfudo mi portatil en busca de una red inalambrica mientras espero que comienze el embarque. Todas las redes son de pago y yo, un rácano, así que me quedo con las ganas, pero por el mismo precio, me siento en un asiento en que alguien se cagó o vertió algun residuo fecal que olía a centellas y esa peste se pegada a mis pantalones, o a mi cabeza, o a los dos sitios porque a cada poco me apetece levantarme e intentar olisquear mi culo como un perro dando vueltas intentando atrapar su cola.
Espero paciente con pestes intermitentes hasta embarcar en el vuelo hacia Helsinki y me duermo casi nada mas sentarme. Despierto sobre los países bajos y embobado con las vistas pego mi frente contra el cristal de la ventanilla mientras pasan los canales y los meandros, recuerdomi corta visita a Maastricht y pedaleo imaginariamente junto a los canales. Disfruto del paisaje hasta cerca de Dinamarca donde se nubla el cielo y duermo otra vez.
Procedo a quitarme las legañas sobre un bosque de glaseados abetos fineses que rodean el aeropuerto de Helsinki. Estamos a punto de aterrizar.
Me bajo del avión y voy en busca de mi puerta de embarque atravesando un control de pasaportes. Me queda hora y media para el embarcar en el vuelo a Nagoya, me hago con mis primeros yenes en una oficina de cambio de moneda y ya con ellos en la mano intento de nuevo conectarme a alguna red inalámbrica, pero al igual que en Barajas todas son de pago, asi que apago mi PC Mientras paseo me doy cuenta de que un ordenador con conexión a internet propulsado por monedas de a Euro aun tiene unos 8 minutos de combustible, tiempo más que suficiente para mandar algunos correos.
A medida que se acerca la hora, alrededor de la puerta de embarque se ven más japoneses esperando para el mismo vuelo que yo y porfín me siento en un Airbus 340-300 junto a un gigante sueco, con quien hablo en inglés, de mis cosas mientras el tiempo se expande, duermo, paseo, como, juego… y termino de ver una película de animación sobre la China, (o eso creo) otra vez ardo en deseos de recorrer aquellas montañas siguiendo los ríos, admirando aquellos valles y sobre mi bicicleta contemplar aquel mismo amanecer. Yo y mi viaje nos sentimos insignificantes, una diminuta rallita en el mapa mundi y esta vez sobrevolando Beijing, como ya ocurrió antes en Europa, el cielo se cubre de nubes y me quedo con las ganas de ver el mar del Japón.
Comenza el descenso y salimos de nubes ya sobre suelo Nipón. Lo primero que veo es el lago Biwako, y los bosques de cedros de la codillera de Suzuka y en ese mismo instante decido que esos serían los primeros lugares que visitaré.
Antes de aterrizar me entero de que mi compañero de asiento es un alto funcionario del gobierno Sueco en Japón, me da ánimos para el viaje y su tarjeta de visita. Yo le doy la dirección de este blog y ninguna esperanza de actualizaciones regulares.
Me bajo del avión espero por mi equipaje junto a la cinta transportadora, mientras todo el mundo recoge su equipaje, después de esperar un buen rato salió un señor con mi bicicleta en un carrito, y descubro que no había sido un buen viaje precisamente para ella, la bolsa está rota.
Paso el control de inmigración y visan mi pasaporte hasta el 7 de febrero, no sin antes hacerme una foto y tomarme las huellas digitales.
Salgo a la terminal y pongo otra vez las ruedas bajo mi maltrecha bolsa. Camino hacia la estación de tren del aeropuerto y compro un billete para la estación más cercana al albergue de Nagoya, bajo, salgo, tropiezo esquivo y voy hasta un parque cerca de la estación a montar mi bici.
Casi me da un ataque de pánico cuando veo como está. El plato grande doblado y el cierre de la rueda trasera completamente doblado, pensé que no podría ponerme en marcha pero con paciencia aprieto la rueda trasera y consigo que centrarla, meto las cosas como quiera en las alforjas y sin tener muy claro como se llega al albergue doy unas cuantas vueltas con mi equipaje extra grande.




Wow!, increible tu llegada a el país nipon!, la verdad es que viajar de esa manera tiene que ser enormemente duro, y gratificante a la vez!.
Saludos!
Gracias. En realidad si que fue duro, unas veces más que otras, pero la gran ventaja de viajar en bici es que es todo lo duro que lo quieras hacer. Aunque muchos días me obligaba a mi mismo a recordar las incomodidades, porque días como hoy sentado a casa con la calefacción se disuelven entre las foto, los recuerdos y los encuentros.