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Aquella mañana mientras me ducho reflexiono sobre uno de los grandes misterios de la humanidad. ¿Porque costará tanto trabajo fabricar duchas en las que el agua salga a la misma temperatura durante un rato?
Tras el tratamiento “frio calor” de esa mañana avanzo sin pena ni gloria en dirección a la costa, mientras subo la que por tercera vez promete ser la última colina, hasta que una autopista se cruza en mi camino. Antes de poder disfrutar de la brisa del mar tengo que deshacerme de la marejada de coches y el océano como premio a mis esfuerzos me regala un agradables vientos alisos, que pretendían que yo fuese en otra dirección.





