El erizo ya no estaba cuando desperté por la mañana. Recogí mis cosas y crucé la frontera. Aún no sabía muy bien como llegaría a Calais porque más o menos por allí se termina mi mapa. Pero parece que en esta zona todos los caminos van a Calais.
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Un poco de suerte.
Una larga lista de infortunios.
Por fin estoy en el ferri navegando hacia Dover. Hace tres días salí de Bruselas y casi necesito un traje de hombre rana para llegar a Gante. Echo de menos los mapas que tenía en Japón. Los mejores que pude conseguir no tienen la escala adecuada y si no llega a ser por el GPS no encuentro el camping la primera noche. A la mañana siguiente despierto bastante tarde. Si hubiese tenido unos tapones para los oídos habría dormido del tirón. More »
Recapitulando.
Llevo mucho tiempo conteniendo mis ansias por hablar de números y estadísticas, kilómetros, calorías y demás detalles que sólo me interesan a mi. Pero hoy toca autobombo lleno de detalles para desquitarme.
Epílogo.
Miércoles, 14 de Enero del 2009.
Noto un extraño vacío en mi interior mientras empujo la pesada puerta de cristal. No creo se hayan desenmarañado aún los fideos del mediodía, así que supongo que es la inercia de mi cuerpo, que no sólo se ha acostumbrado al maltrato de la carretera, si no que pide más. Pero todo está agotado. Las alforjas empiezan a romperse, la bolsa del manillar hace días que ya no se cierra, la tienda está rota desde Nara… No se como me las arreglo para despedazar todo lo que toco.
48ª Etapa: Cerrando el circulo.
Miercoles, 14 de Enero del 2009.
El aire acondicionado hecha una bocanada de aire caliente para mantener unos agradables veinte grados en mi alcoba. Aún no puedo ver el cielo violáceo de esta mañana. Sigo disfrutando de la compañía de mi almohada hasta que me recuerdo que soy un bípedo. Amanece un día frío y soleado tras la red mosquitera que hay tras los cristales. Todo está lleno de nieve olvidada por las esquinas y la escarcha que rellena los huecos. El valle parece un Belén olvidado dentro de un congelador.
44ª Etapa: Isawa Onsen.
Sabado, 10 de Enero del 2009.
Aún era de noche cuando salí del saco y me vestí todo lo rápido que pude. Nada de lo que había dejado fuera se había secado. Sólo los calcetines que durmieron con migo están secos. Guardo todo en las alforjas recojo la tienda y voy a dar un paseo por el muelle antes de salir.
El hielo se rompe y cruje mientras camino con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la con la cámara de fotos colgada del cuello. Saco algunas fotos y voy a el Konbini a comprarme unos guantes.
Los primeros rayos de sol del día sublima la escarcha que adorna las ramas desnudas de los árboles. Hago lo posible por controlar mis impulsos de pedalear más rápido, y es que otra vez vuelvo sentir lo mismo que ayer cuando empezó a nevar.
Me alejo de Sagamiko y puedo contemplar una mejor perspectiva del pantano, junto a un puente. Me paro para hacer unas fotos y en el momento que pongo el pié en tierra resvalo y me caigo. El suelo no sólo está frio también está duro, y es que acabo de picar como si fuese novato, pisando una plancha de hielo claro. Que no se distingue de un charco de agua en nada, pero no es normal que haya agua líquida a –4 grados.
La Koushuu kaidou se enreda en las montañas subiendo y bajando, cruzando arroyos y ríos. Dejo atrás muchos pueblos, muchas casas y pequeñas ciudades donde la actividad es frenética. Los lugareños me miran mientras limpian las aceras frente a sus casas y negocios. dejando ordenados montoncitos de nieve, que se derriten a medida que el sol asciende. Emebeka-dono se resiente del peso extra (la ropa mojada pesa bastante más que la seca) y tengo que entrar a boxes. Con su mono rojo de Yamaha, el mecánico de taller de motos perdido en mitad de la nada, me acoge de buena gana. Mientras recompone una vespa yo desmonto la rueda, y cambio el radio.
El mundo ideal en el que estaba viviendo hasta ahora llega a si fin cuando salgo de Ôtsuki, y bajo hasta el fondo del valle. Comienzo la subida del puerto de Sasago (笹子峠) al principio una suave brisa me limpia el polvo del camino de la cara. Pero a medida que gano altura el viento se revela y me hecha un pulso. Rendido termino de subir los últimos kilómetros luchando por mantener el equilibrio cuando las rachas me frenan hasta hacerme parar. Los últimos metros antes de llegar al Tunel los tengo que hacer andando mientras piso la nieve fresca de la cuneta.![]()
La boca del tunel me hecha el aliento a la cara, cuando me asomo a su interior. Pero ya da igual porque cuesta abajo todos los santos ayudan así que pedaleo con fuerza para pasar lo más rápido posible los casi 3Km de túnel.
A la salida paro a echar un vistazo al paisaje plátano en mano. Desde allá arriba los tejados de las casas parecen las teselas de un mosaico, un pequeño mar de casas que disfruta de su cielo azul mientras las montañas contienen la tempestad. El viento sopla y sopla pero no consigue mas que hacer jirones el telón de nubes que se agarra con fuerza a las cumbres nevadas de los Alpes del sur.
Menos mal que hoy duermo a techo.
43ª Etapa: Empapado
Viernes, 9 de Enero del 2009.
Estoy mojado. Tengo los guantes mojados, los pies mojados, los pantalones mojados y el culote largo mojado. No pasa nada mientras esté caliente de hacer ejercicio pero tampoco puedo perder el tiempo.
Saco la tienda y la monto bajo la marquesina. Vuelvo a la bici a por las alforjas y me doy cuenta. La acabo de liar buena. Una de las fundas para la lluvia no esta en su sitio y tiene toda la pinta de estar calada. Después de cagarme en todo, la meto a la tienda y empiezo a sacar las cosas.
42ªEtapa: Otros aromas de Tokio.
Madrugada del Jueves 8 de Enero del 2009
Tumbado en mi futón intento conciliar el sueño, con mi mano dolorida aún tras el mordisco del gato. Las luces de la calle bailan a medida que resbalan las gotas de agua que se condensa en la ventana. Respiro hondo, me tapo hasta las orejas y cierro los ojos.
Aún estaba en la misma posición, cuando el ruido de la puerta de mi habitación deslizándose lentamente me despierta.
42ª Etapa: El Escondite
-Es aquí- me dice Kaori señalando con la mano un pequeño edificio de apartamentos.
-Vamos a dejar la bici ahí debajo y a meter tus cosas dentro de casa- dice Kaori bajando se de su bici casi sin esperar a detenerse.
Con las alforjas en el hombro y la tienda en la mano paso con cuidado de no tropezar con alguna de las bicis que hay aparcadas, junto a la puerta trasera del edificio. Kaori subida al primer escalón de los cinco que dan acceso al bajo, me espera con la bolsa del manillar contra el pecho. More »
Las 5 Rutas
Desde el día que crucé en ferry de la prefectura de Mie a la prefectura de Aichi veo que a la carretera que sigo mas o menos, la nacional 1, se llama Tokai-do. No le presto demasiada atención porque al final de día son demasiadas las cosas que no comprendo. Pero en este caso pienso que si es la nacional 1 tiene que ser por algo así que en el hotel de Shimizu pregunto y medio me sacan de dudas, lo justo para poder buscarme la vida e investigar por mi cuenta. En mi habitación con una taza de te y con mi portátil sentado en una silla muy incómoda descubro las Cinco rutas Edo(Gokaido). Cinco vías de comunicación que comunicaban Edo (hoy Tokyo) con otros lugares de la isla de Honshu.
Una de ellas posiblemente la más importante por los lugares que comunicaba era la Tokaido, que parte desde Nihonbashi bordea la costa del pacífico uniendo lugares lugares como Yokohama, Shizuoka y Nagoya, hasta llegar a Kyoto. Posterior mente se alargaría para terminar en Umeda en Osaka.
Desde el siglo 17 a lo largo de estas rutas se establecieron estaciones, para controlar y facilitar con un mínimo de servicios, el tráfico de mercancías. Concretamente la Tokaido constaba de 53 estaciones. Tantas como santos visitó Budha en su búsqueda de la iluminacion (por supuesto no es casualidad).
Lo que si fue casualidad, es que escribiendo mi diario me había unido a la larga tradición del arte que trata el tema de los viajes por la Tokaido aunque nunca llegaré a ser tan famoso como Utagawa Hiroshige (el autor de estos grabados del siglo XIX) o el poeta del siglo XVII Matsuo Bashō, pero me alegro de al menos haber visto los mismos paisajes y compartido mas o menos el mismo camino. No hacia Edo si no que en dirección al inmenso Tokyo.
Moraleja: No hay mal que por bien no venga. Gracias al plantón de Shimizu descubrí las cinco rutas de Edo que ya no abandonaré hasta que concluya mi viaje en Nagoya donde comenzó todo.






